Ese cuento de la diva famosa no era un vestido hecho a su medida. Lo suyo era ser cantaora y no cantante, su futuro estaba en la soleá, en las tarantas y las alegrías, palos (estilos) que su padre le había enseñado con cariño y ella se los había apropiado con autoridad. Declinó la invitación de los productores y se quedó explorando sus raíces. Al conocimiento de las notas musicales, Carmen Linares le adicionó el amor por las letras de su país y encontró en Federico García Lorca y en Juan Ramón Jiménez a dos aliados que hicieron más sólido aún el nexo entre la literatura española y el arte jondo. el espectador
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